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jueves, 31 de julio de 2014

La Monarquía: Conceptos y recorrido histórico (III)

          Según la teoría política se pueden entender varios tipos de regímenes monárquicos:

Monarquía absoluta

          La monarquía absoluta es una forma de gobierno en la que es el monarca quien ejerce el poder sin restricciones en términos políticos, y en la mayor parte de los casos, también en los aspectos religiosos, o al menos con una gran componente espiritual. El lugar y el periodo histórico en que surge el modelo que se designa con ese nombre (Europa Occidental durante el Antiguo Régimen, particularmente la monarquía francesa de Luis XIV en torno a 1700) no impide que puedan considerarse rasgos muy similares en otros momentos y lugares, y con otros títulos de realeza (emperador en distintas entidades políticas, basileus en el Imperio Bizantino, zar en Imperio Ruso, etc.).
          Rasgo distintivo de la monarquía absoluta es la no existencia de división de poderes: el Soberano es a la vez cabeza del gobierno, principal órgano legislativo (su voluntad es ley) y cúspide del poder judicial ante el cual se puede solicitar la revisión de los jueces inferiores. Como justificación ideológica, se entiende que la fuente de todo poder (Dios, según la teoría del derecho divino de los reyes) se lo transmite de forma completa. Sin embargo, en términos prácticos, no significaba realmente que un rey absoluto pudiera ejercer un poder absoluto entendido como ejercicio total del poder en toda circunstancia y sin intermediación.

Monarquía constitucional y monarquía parlamentaria

          Históricamente, las limitaciones al poder de los monarcas surgen en Europa a partir de la crisis del Antiguo Régimen, que en algunos casos condujo a la supresión de la monarquía y la constitución de repúblicas (caso de Francia durante la Revolución Francesa entre 1791 y 1804 o de Inglaterra durante la Revolución Inglesa entre 1649 y 1660) mientras que en otros el rey acepta ceder parte de su poder y compartirlo con representantes elegidos.
          Si la cesión es por la mera voluntad del rey, no se considera una verdadera constitución, sino una carta otorgada (caso de Francia en la Restauración entre 1814 y 1830). Las verdaderas monarquías constitucionales son aquellas en que se define el principio de soberanía nacional, aunque se la haga residir no el del pueblo (soberanía popular) sino, por ejemplo en las Cortes con el Rey (constitución española de 1845 y de 1876). El rey retiene así gran parte del poder, determinando un reparto de funciones en las que, principalmente, controla el poder ejecutivo.
          En la monarquía parlamentaria, el gobierno es responsable ante el Parlamento, que es inequívocamente el depositario de la soberanía nacional. Aunque el rey mantenga algunas competencias (más bien formales), como la capacidad de designar un candidato a la presidencia del gobierno, que no obstante no alcanzará el nombramiento hasta no obtener la confianza del parlamento.
          El rey sigue siendo el jefe de estado, inviolable e irresponsable en el ejercicio de su cargo, y ostenta la más alta representación de la nación en las relaciones internacionales, aunque sus poderes son prácticamente simbólicos. Suele resumirse en la expresión el rey reina, pero no gobierna (expresión debida a Adolphe Thiers) Cualquiera de sus actos oficiales ha de ser respaldado por el gobierno, sin cuyo consentimiento no puede efectuarlos.
          El ejemplo clásico de monarquía parlamentaria es el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (desde la Revolución Gloriosa de 1688), que además no posee una constitución codificada sino un corpus de leyes y prácticas políticas que conforman su constitución. Se han dado algunos casos que comprometen las funciones de un rey en una monarquía parlamentaria, como fue la objeción de conciencia de Balduino I de Bélgica (que suspendió temporalmente sus funciones para no firmar la ley del aborto en 1990), o la intervención de Juan Carlos I para impedir que la mayoría del ejército se sumase al Golpe de Estado en España de 1981 (en un momento en que tanto el Gobierno como el Congreso de los Diputados estaban secuestrados). La Constitución Española de 1978 (que define el sistema político como monarquía parlamentaria) reserva al rey la jefatura suprema de las Fuerzas Armadas de España. En algunos textos se habla de la existencia de un poder arbitral que sería el que ejercería el rey.

Monarquías híbridas

          A lo largo de la historia han existido sistemas de gobierno a medio camino entre la monarquía absoluta y la constitucional, en donde el monarca se ve obligado a ceder parte de su poder a un gobierno en ocasiones democrático, pero sigue manteniendo una importante influencia política. La evolución ha sido muy diferente según los países, y depende del derecho comparado. Sin embargo, los monarcas de países árabes tales como Marruecos siguen ostentando casi todo el poder en sus manos.
          Además de eso, existen monarquías de otros momentos históricos como la de los regímenes feudales, en las cuales el monarca es un señor feudal más. Su poder se limita a su feudo y a las relaciones de vasallaje existentes con nobles inferiores. En estos casos la monarquía se asemeja a una aristocracia, por la disolución del poder entre la nobleza.

Situación actual de las monarquías

          Suele insistirse en la idea de que el mantenimiento de la monarquía en la actualidad obedece a su papel como símbolo de la unidad nacional frente a la división territorial y su poder arbitral frente a los distintos partidos políticos. Cuando es el caso que el régimen político es democrático, reconociéndose la soberanía popular, el monarca pasa a ser la figura en la que se encarna el cargo de Jefe del Estado de forma vitalicia y hereditaria, con lo que su papel es fundamentalmente simbólico y representativo.
          Esta definición es la que se suele identificar con las monarquías europeas, entre las que están las monarquías parlamentarias del Reino Unido, España, Noruega, Suecia, Dinamarca, los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo. También existen tres microestados con monarquía (Liechtenstein, Mónaco y Andorra) y una monarquía electiva teocrática (Ciudad del Vaticano).
          Entre los países árabes las monarquías tienen distintos grados de apertura a la representación popular, mayor en Marruecos o Jordania y muy restringida en Arabia Saudita o los emiratos del Golfo Pérsico (Kuwait, Bahrein, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Omán), Malasia (con monarquía rotatoria entre los diferentes sultanes) y Brunei; excepto los dos primeros, todos ellos países que pueden calificarse de “petroestados” y muchas veces tildados de plutocracias. Bután es la única monarquía del Subcontinente Indio, tras la reciente abolición de la monarquía en Nepal (2008); Japón (equiparable a las monarquías europeas), Thailandia y Camboya son las restantes monarquías de Extremo Oriente. En algunos pequeños estados africanos (Lesoto y Suazilandia, enclavados en la República Sudafricana) siguen manteniéndose monarquías tradicionales.
          Un papel especial en las relaciones internacionales es el que cumple la monarquía británica, que mantiene un vínculo personal con la Commonwealth (Comunidad Británica de Naciones), de varios de cuyos estados miembros continúa siendo el jefe de estado titular a pesar de que sean estados independientes. No es comparable el papel del rey de España en la Comunidad Iberoamericana de Naciones y las periódicas reuniones denominadas Cumbre Iberoamericana, pues en rango protocolario es equivalente a los demás jefes de estado.
          Un rasgo de las monarquías europeas (a veces considerado como una actualización o búsqueda de legitimación popular) ha sido la incorporación de plebeyos a las familias reales, y la continuada presencia en los medios de comunicación de masas, incluyendo los escándalos propios de la prensa especializada, con Grace Kelly (desde su boda en 1956) como pionera hasta Diana, Princesa de Gales (desde su boda en 1981 hasta su muerte en 1997). Otro ha sido la reconsideración del papel de la mujer en la monarquía, para equipararla con el varón en la sucesión, reforma que han iniciado las monarquías nórdicas. En España se ha llegado a consultar al Consejo de Estado la conveniencia de alterar la línea de sucesión al trono regulada por la Constitución de 1978.


Bibliografía

La Monarquía: Conceptos y recorrido histórico (II)

La Monarquía en la Edad Media

          En la Edad Media europea, la descomposición del Imperio Romano llevó el establecimiento de las monarquías germánicas, fundamentadas en la necesidad de un dirigente militar con autoridad en la época de las invasiones. La civilización urbana clásica se vio sometida a un fuerte proceso de ruralización y descentralización y el modo de producción esclavista se sustituyó por el modo de producción feudal.
          La posterior descomposición del Imperio Carolingio propició en buena parte de Europa Occidental distintas formas de monarquía feudal, mientras que en otras zonas surgían repúblicas en ciudades libres o estados eclesiásticos.
          En Europa Central una serie de dinastías germánicas recreaban sucesivas versiones del Imperio, al tiempo que en Europa Oriental pervivía el Imperio Bizantino, ambos oscilantes entre la teocracia y el cesaropapismo; mientras que el asentamiento de los pueblos eslavos concluyó en la formación de otros reinos.
          La civilización islámica comenzó con un poder político y religioso concentrado en el califato que se disgregó espacialmente, originando una pluralidad de estados que buscaron su legitimación en distintas formas de monarquías, con estructuras más o menos tribales, nacionales o imperiales, ligadas o no a una teórica vinculación familiar con el profeta Mahoma, y complicadas por las violentas intrigas del harén y los numerosos candidatos que la poligamia proporcionaba.
          Las monarquías cristianas europeas eran dinásticas: el hijo mayor o el descendiente varón más próximo heredaban el trono, aunque la dinámica expansiva y agresiva del feudalismo las hacía enormemente cambiantes por las continuas guerras de conquista.
          Obtenían su capacidad militar de los soldados y armas de los señores feudales, con lo que dependían de la lealtad de la nobleza para mantener su poder; y su legitimidad del clero (particularmente la orden de Cluny) encabezado por el Papa. Éste no desaprovechó las ocasiones que se presentaron para propiciar el establecimiento de monarquías independientes eximiéndolas del vasallaje debido al Sacro Imperio Romano Germánico o al reino del que se desgajaran (caso de varios reinos peninsulares, como el reino de Portugal frente al reino de León).
          La “patrimonialización” de la monarquía permitía la división del territorio en caso de herencias y su fusión en caso de enlaces matrimoniales (sometidos a especiales codificaciones -Ley Sálica- y escándalos en caso de disolución o matrimonio morganático), con toda la complejidad institucional y territorial que de ello resultaba, así como los conflictos sucesorios que podían suscitarse con cualquier excusa.
          Otro resultado trascendente fue el alejamiento de las casas reales de los pueblos sobre los que reinaban: tales extremos alimentaban la idea de la diferencia sustancial entre los reyes y el resto de los mortales y el prestigio de su sangre azul, junto con la exhibición ritual (unción real, establecimiento del protocolo de la corte, uso del plural mayestático, administración arbitraria de la gracia y justicia real, espectáculos multitudinarios como los besamanos, etc.).
En los últimos siglos de la Baja Edad Media, con el declive del feudalismo y la aparición de los Estados nacionales en torno a las monarquías autoritarias, el poder territorial se fue centralizando en la figura del Soberano, que no reconocía poderes superiores como habían sido los poderes universales medievales (Papa y Emperador).
          En principio estos gobernantes eran apoyados por la nobleza, por lo que el rey era un primus inter pares (el primero entre iguales), es decir, el rey reinaba en virtud del apoyo de la nobleza. Si el rey no era apoyado por esta clase privilegiada se procedían a los múltiples derrocamientos y guerras civiles entre pretendientes al trono en virtud del respaldo de la nobleza que tuviera cada pretendiente (recordemos los continuos casos de los reyes hispanos).

La Monarquía en la Edad Moderna

          Entre los siglos XVI y XVII, las monarquías aumentaron sus pretensiones de concentración de poder para convertirse en monarquía absoluta: aumentando la centralización, suprimiendo intermediarios entre monarca y súbditos e intentando el ejercicio de un poder sin limitaciones teóricas, con mayores o menores posibilidades de lograrlo. Modelo histórico de ello fue la monarquía borbónica de Luis XIV de Francia, mientras que la monarquía católica de los Habsburgo españoles quedó como modelo de monarquía autoritaria, con pretensiones más limitadas.
          Tanto los abusos de poder como la inadecuación de esas pretensiones a la dinámica económica y social, llevaron a revueltas anti-fiscales, particularismos regionales o bien la insatisfacción creciente de la burguesía. Todo ello contribuyó a la caída de las monarquías absolutas de Europa Occidental tras sucesivos ciclos de revoluciones burguesas o liberales: la Revolución inglesa de 1640-1688 (con un intermedio de Restauración), la Revolución francesa y las guerras de la independencia americana desde fines del XVIII hasta principios del XIX y los ciclos revolucionarios de 1820, 1830 y 1848.
          Estos procesos revolucionarios marcaron hitos en la limitación del poder de los reyes, que procuraba revestir al absolutismo de una justificación ideológica que superaba el derecho divino de los reyes mediante lo que se denominó despotismo ilustrado, vinculado a la ilustrada idea de progreso. En cambio, esa misma forma en Europa Oriental coincidía con el momento de mayor concentración del poder en los reyes, simultáneo a un proceso económico y social de refeudalización, que llevó a la autocracia zarista en Rusia y a la expansión del Imperio Austrohúngaro. 

La Monarquía en la Edad Contemporánea

          La idea moderna de una monarquía limitada constitucionalmente se consolidó con lentitud en la mayor parte de Europa, al tiempo que aparecían las primeras repúblicas europeas modernas. Durante el siglo XIX el poder de los parlamentos crecía al mismo ritmo que disminuía el poder de los monarcas, que se acomodaban a un papel de espejo de virtudes sociales mitad aristocráticas, mitad mesocráticas o burguesas, como el que ejemplificaba la Reina Victoria, incluyendo la doble moral que ha pasado a ser sinónimo de época victoriana. Hubo incluso tronos que se pusieron a subasta y recayeron en el candidato que demostró mayor sensibilidad liberal, como el español durante la revolución de 1868 (en Amadeo de Saboya).
          Otros se escindieron pacíficamente, a iniciativa de sus propios súbditos: el reino de Noruega y el reino de Suecia en 1905. Alguna, como la belga, escindida revolucionariamente en 1830 de la holandesa, se definió como monarquía popular. El caso de disolución más clara fue el de la monarquía francesa, cuyos partidarios, enfrentados y escindidos en orleanistas y legitimistas, fueron incapaces de aprovechar su victoria electoral tras la caída del imperialismo bonapartista (1871), lo que consolidó la III República.


Bibliografía

La Monarquía: Conceptos y recorrido histórico (I)

          La Monarquía es una milenaria institución que se ha forjado a lo largo de la historia con sus luces y sus sombras. En la actualidad existen en Europa 10 países con sistemas monárquicos.
          En los albores del siglo XXI parece sorprendente la supervivencia de un sistema político que basa su legitimidad en la tradición histórica, aunque sobrevive gracias al respaldo de sus súbditos y su confianza. Por lo tanto, podemos decir que la Monarquía es una institución que se fundamenta tanto en la Historia como en la voluntad de los ciudadanos. Los ingleses, desde Bagehot, suelen decir que la principal función de la Corona es: "to advise, to encourage and to be informed" (aconsejar, animar y ser consultado). Habría que añadir otros verbos más: inspirar la vida del Estado, arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones y por encima de todo, escuchar el sentir de la ciudadanía.
          En palabras del insigne escritor Francisco de Quevedo: "Que el reinar es tarea que los cetros piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas; que la Corona es el peso molesto que fatiga los hombros del alma primero que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva; lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo".
          Monarquía (del griego μονος, "uno", y αρχειν "gobierno", es decir, "gobierno de uno"), es una forma de gobierno de un estado en la que la jefatura del estado o cargo supremo es:
  • personal y unipersonal, aunque a lo largo de la historia se han dado ejemplos de diarquías, triunviratos, tetrarquías y otras formas
  • vitalicia, aunque se han dado casos de abdicaciones o derrocamientos
  • hereditaria (monarquía hereditaria), aunque en algunos casos se elige (monarquía electiva).

          A la cabeza del poder está el monarca, que puede ser un rey o una reina (en algunos casos un Gran Duque como en Luxemburgo, por ejemplo, o Príncipe, como en Mónaco). Este nombre puede ir variando según la religión, la tradición, el país y los acontecimientos históricos: basileus, rex -rei, rey, roi, re, rege-, kuningaz -cyning, king, könig, kung, konge-, malik, califa, sultán, emir, tennō, wang, huangdi, tianzi, mencey, cacique, tlatoani, inca, gran khan, gran mogol, sah, negus, emperador -o emperatriz-, zar, kaiser, etc.

La Monarquía en la Antigüedad

          La Antigüedad clásica, posterior a los reyes míticos (Minos, Agamenón, Príamo) que podían corresponder al wánax micénico (o anax homérico), desarrolló la figura del basileus griego. Los rituales orientales, como la proskinesis o inclinación ante el rey, eran extraños tanto al espíritu democrático como al aristocrático de las poleis griegas, donde sólo la ley era rey (nomos basileus) pero fueron adoptados.

          La concepción de la ciudad como espacio público, y de la política como la ciencia del gobierno, sujeta a escrutinio y debate público (el ágora), aunque fuera el basileus quien la ejerciera, sí que se mantuvo. La clave era la consideración del ciudadano como hombre libre, mantenido por la reducción de gran parte de la población a la esclavitud.
          Por su parte, el rex romano, profundamente desprestigiado por la República, fue siempre tenido como referencia -a evitar- por el emperador romano, de estirpe republicana durante el principado de Augusto, y ya con menos complejos con el dominado de Diocleciano y con la conversión al cristianismo.
          En la Península Ibérica, el denominado reino de Tartessos conservó nombres de reyes respaldados por fuentes griegas, unos míticos (Gárgoris y Habis) y otros más verosímiles (Argantonio), aunque el primer nombre identificable con un rico y poderoso personaje situado en las tierras del occidente mediterráneo sería el gigante Gerión, vinculado a los trabajos de Hércules.

Bibliografía